20/10/13

¿Negocios sucios en UGT?

Hoy he publicado en Cádiz Directo un recordatorio de la inmensa estafa inmobiliaria de la Cooperativa "Promoción de Viviendas Sociales" (que patrocinaba UGT) y que afectó de lleno a dos de mis hermanos y a otras miles de personas más.
Puedes leer el artículo pinchando aquí o en el logo de Cádiz Directo


6 comentarios:

Simplemente empleado publico dijo...

Este episodio a intentado ser borrado, de una serie de episodios negros del sindicalismo entre comillas que defendian tanto politicos como falsos sindicalistas, menos mal que aun queda memoria y los continuos escandalos que dia a dia salen publicamente tanto de ugt como ccoo, nos hacen recordar.
Tras terminar nuestra jornada, estabamos comentando algunos trabajadores algunos de ccoo, otros de ugt y otros que no tenemos nada que ver con estas organizaciones, como es posible que el PP que parece que gobierna aqui en diputacion (yo no lo tengo claro)tengan una relacion tan cariñosa.
Despues de unas cervezas llegamos a esta conclución, caso Barcenas repartos de sobres en el PP, CCOO repartos de formacion, UGT caso PSV y demas desmanes, PSOE casos iguales de presunta corrupcion:
TODOS SON IGUALES ES NORMAL QUE SE ENTIENDAN.
Despues de un rato de charla

Uno del Ayuntamiento dijo...

La PSV fue un robo perfectamente organizado y por esos las sentencias posteriores de los Tribunales de Justicia contra UGT y sus gestores.
Al final el ICO se hizo cargo de algunas deudas de UGT ya que Felipe González estaba en el poder , eso si con una quita del 25% sobre lo aportado.

Fue un fraude masivo en el que no se hicieron las viviendas y UGT se quedo con miles de millones de Euros.

Y eso que era el Nicolás Redondo que decían que era honrado en comparación con este que está ahora , que tela el amiguete.

Ya entonces a la UGT le perdonaron miles de millones aportados por trabajadores , obreros de toda España que se quedaron sin sus ahorros durante años y que sólo por la presión popular consiguieron que el papa Estado devolviera algo , pero UGT , NO DEVOLVIÓ NADA A LOS TRABAJADORES .

Ya entonces se las gastaban así. Ahora le ha tocado a Andalucía .
Entre mis amigos dicen , " tomamos unos langostinos a lo UGT " con desprecio y cachondeos porque para eso sirven muchas cuotas y subvenciones, para que cuatro golfos se dediquen a vivir a lo grande a costa de los trabajadores.

jfjuanes dijo...

Gracias a "Uno del Ayuntamiento" por su aclaración. Efectivamente, UGT tuvo la indecencia de pasar de largo y olvidarse de los miles de personas a las que dejo tiradas. Ni se le pasó por la mente vender algún inmueble para resarcirlas. El gobierno socialista del momento devolvió una migaja de lo perdido con la condición que renunciaran a la indemnización que les correspondia a UGT, amenazando que si no renunciaban se quedarían sin la pequeña indemnización del estado y la de UGT.
Sinvergonzonería pura.
No me extraña los "sucios negicos" actuales. Vieron que arruinar a miles de trabajadores no traía consecuencias y ahora esperan que suceda lo mismo

Esteban Rovira dijo...

Aquí os dejo un texto referido a los sindicatos de Albert Libertad, va en dos partes, pues entero no cabe aquí. Que lo disfrutéis. El sindicato o la muerte (1906) Albert Libertad

Dicen que los lobos no se devoran entre sí.
Tengo muy pocos conocimientos personales sobre las costumbres de tales bestias como para permitirme creer que este dicho es menos idiota que la mayoría de los dichos.
Si,por casualidad, fuese exacto, para nosotros no probaría más que una cosa: que entre los hombres y los lobos hay, amen de las disparidades zoológicas, una fenomenal diferencia de apetitos.
Es probable, y hasta seguro, que la civilización, tan maravillosamente favorable al desarrollo de nuestros más salvajes instintos, haya destruido en nosotros los escrúpulos que nuestra ferocidad acaso tenía en común, en mejores tiempos, con la de los lobos.
Ya no nos hallamos, ay, en la antropofagia vulgar; aquella que se contenta precisamente con degollar, trinchar, cocinar y digerir carne humana. Tales procedimientos simplistas han quedado relegados a ciertas latitudes tropicales, en las cuales, aunque al parecer cada vez menos, siguen aplicándose.
En nuestro caso, en los buenos países privilegiados, donde el progreso se ha abierto paso, nos devoramos con una glotonería tanto menos escrupulosa cuanto que podemos cocinarnos de mil fáciles maneras, por no decir de lo más agradables.
Pero,naturalmente y como en las demás manifestaciones del ya mentado progreso, es el obrero, el proletario, el que marcha siempre a la cabeza. Soberanos, financieros y burgueses no desdeñan devorarse entre sí. Sin embargo, sea porque un gusto poco glotón por una alimentación que están expuestos a proveer una vez se han servido de ella, sea porque comerse al pueblo tiene para ellos un mayor atractivo, es éste el régimen alimentario por el que los susodichos, casi de manera general, muestran su preferencia.
El proletario, por su parte, carece de tales remilgos. Se gusta con todas las salsas y, bien o mal sazonado, joven o viejo, tierno o correoso, macho o hembra, se devora con un apetito que es prácticamente además el único testimonio creciente de estima del que dispone.
Id a la ciudad o al campo, entrad en la fábrica, en el taller, en la oficina, en cualquier lugar, en fin, en el que los pobres forzados trabajan obstinadamente para engrosar la fortuna de un amo cualquiera, en todos lados constataréis que, tras el ardiente deseo de conquistar y mantener la estima del patrón, el sentimiento más extendido es el encarnizamiento en la lucha contra los compañeros de trabajo o de miseria.
¿De verdad está el proletario orgulloso de su esclavitud? ¿Feliz con su mezquindad? A saber. En todo caso, el obrero se muestra más y más ferozmente celoso de cualquiera que, en su mismo rango, condenado a la misma cadena, intenté romper las ataduras y ganar algo de bienestar o libertad.
¿Qué hay alguno que rehúsa alojarse en un barrio sucio o en un apestoso cuartel? ¿Que prefiere ropas buenas o hermosas de su elección a los uniformes de trabajo? ¿Que material e intelectualmente eleva sus deseos, refina sus gustos? ¿Que sobre todo, en fin, procura liberarse de toda dominación patronal para trabajar solo y a voluntad? Inmediatamente, casi desde cualquier parte entre las filas de sus hermanos, se alza un grito de furioso odio.
¿Qué hay otro, al contrario, que, queriendo protestar por otros medios contra la labor impuesta o dar testimonio de su asco por la vida doméstica, se refugia en la privación de todo para no trabajar, y se condena a las noches sin techo, a los días sin alimento, a las intemperies sin ropa? Contra ese que escapa por una carretera en sentido opuesto sus propios compañeros de cadena lanza furiosamente el mismo grito

Esteban Rovira dijo...

Ahí os va la segunda parte del texto de Albert Libertad.
No es cosa, en suma, para el obrero, de buscar un principio de libertad o de tomar un adelanto de felicidad ni en el trabajo libre ni en la franca ociosidad; ni en lo mejor ni en lo peor. Debe quedarse donde está; en la fila, bajo la mirada y la mano del amo, dócil, pacientemente, como los camaradas… ¡y no dárselas de listo!
De buena gana podría uno imaginarse todavía que la servidumbre aceptada, el trabajo asalariado admitido, el común yugo soportado sin respuesta; que el obrero, en fin, en tales condiciones encuentra entre sus semejantes una cierta simpatía, una mayor solidaridad, una compensación más o menos grata a su parte consentida de miseria.
¡Ingenua suposición!
Los trabajadores son inmisericordes no sólo con quien deserta de sus filas para elevarse o apartarse, para gozar o para sufrir, sino sobre todo con quien pena y se mantiene entre ellos.
¿Tienen el amo o el capataz necesidad de guardia, de vigilancia, de policía, de defensa contra uno o varios de sus esclavos? Nueve de cada diez veces, no encontrarán guardianes más fieles, vigilantes más activos, agentes más celosos, defensores más ardientes que los propios compañeros de esos desgraciados.
Se denuncian cada día, además con razón, aunque por ciento muy poco violentamente, a la administración y a la compañía que cesan a los empleados, a los patrones que despiden, a los propietarios que desalojan, a los enriquecidos que marginan.
Las canalladas de tales bribones no resultan atenuadas por la cobardía de aquellos que los sirven. Pero dicha cobardía tampoco tiene excusa.
En ocasiones se oye decir que el desgraciado amargado por su impotencia, el trabajador irritado por su continuo e inútil esfuerzo, conciben malos pensamientos cuyos retorcidos caprichos pagan sus semejantes, y no los amos, que se sitúan demasiado alto como para ser alcanzados.
¡Se puede ir muy lejos con una teoría así!
Los trabajadores no se ayudan, se perjudican incluso; es innegable. Al menos así ocurre en la práctica, lo que es esencialmente grave.
Para defender una actitud tal, todas las razones imaginadas son malas.
Bajo el pretexto de la liberación, el proletariado da en el momento actual un penoso ejemplo de su empecinamiento en la servidumbre y de su feroz voluntad de mantener aprisionado en ella al mayor número posible de sus propios hijos.
El proletariado se forja una cadena nueva y más pesada, inventa para su uso personal una patronal más intratable, una autoridad más tiránica que todo lo que se le había impuesto en el pasado.
El sindicato es, por el momento, la última palabra de la imbecilidad y, a la vez, de la ferocidad proletaria.
Este nuevo sistema de degüello mutuo se propaga por el mundo de los trabajadores. Y la complacencia de los poderes públicos o privados al no oponerle más que resistencias hipócritas es de una lógica perfecta.
Los sindicatos disciplinarán con mayor fuerza que nunca a los ejércitos del Trabajo y los convertirán, por las buenas o por las malas, en aun mejores guardianes del Capital.

En un reciente berreo electoral, un obrero tipógrafo vino a proclamar, desde lo alto de una tribuna, que todos los obreros no sindicados eran lo enemigos del proletariado, falsos hermanos con los cuales no debía haber ningún miramiento ni piedad.
Y la multitud de los sindicados aplaudió frenéticamente.
Los demás trabajadores pueden morirse de hambre, de enfermedad, de miseria.
Los patrones o los compañeros que acudan en su ayuda serán, por la misma razón, expuestos a la indignación pública.
El sindicato o la muerte.
Todavía no hemos llegado del todo a esto, pero poco más o menos, en realidad. Y con poco que esta monstruosa ceguera se agrave, la alternativa se impondrá sin remisión.
Es lo que faltaba, en verdad, para completar la siniestra farsa de emancipación con la que se nos habría engañado desde hace más de cien años.

Esteban Rovira dijo...

El texto de Albert Libertad no cupo en dos partes. Ahí va la tercera.

Por otro lado, lo menos que puede uno esperarse al decir hoy en día algo así es ser calificado de cretino en materia de historia o de acémila en materia de economía social.
O bien dejarse devorar por el Capital o bien devorarse entre ellos (y, por el momento, ambos se complementan); puede preverse sin gran fatuidad hacia qué especie de liberación se encaminan los proletarios.
¿Se decidirán a probar otra cosa?
Albert Libertad